Pareciera que el Guadajira se sosiegue cuando llega a la Dehesa de Solana. Se ensancha y se detiene entre árboles que parecen gigantes. Se llena de frescor verde, de sonidos de pájaros y viento entre las ramas.
Y San Isidro mientras, desde el alto de su Ermita, observa y escucha los ecos solaneros de sus romerías, que siempre vuelven.